Capítulo 2: Última despedida

Capítulo 2: Última despedida

 

Recostada sobre mi cama aún, lloraba desconsoladamente.
Sabía que me esperaba un futuro, un futuro que no quería aceptar. Un futuro junto a mi padre, a quien sólo había visto pocas veces en mi corta vida.
Sin ánimos, luego de varios minutos, me levanté. Llena de angustia, de resentimiento salí de casa. Afuera me encontré con mi madre, a la cuál ignoré por completo.
Tenía un destino, la casa de Selena. Sabía que a esa hora la encontraría, seguramente ya habría llegado del colegio. Caminé, sólo eso. Dejando atrás rastros de tristeza y de dolor. En tan solo diez minutos, me encontraba frente a la casa de mi amiga. Toqué el timbre.
En pocos segundos, alguien abrió la puerta.
-Hola __(Tn)__, ¿buscas a Selena? –preguntó amablemente la mujer que se encontraba detrás de la puerta.
-Sí, busco a Selena. –le respondí a la madre de mi amiga, la mujer que me había recibido.
-Bueno, pasa. Ella se encuentra en su habitación. –dijo atentamente Alyson, la madre de Selena.
Sin decir una palabra más, entré a la casa. No era la primera vez que lo hacía, frecuentemente iba allí. 
Me dirigí al cuarto de mi gran amiga. La puerta estaba cerrada. La golpeé suavemente, tratando de no llamar la atención. Paulatinamente, luego del llamado, se oyeron unos pasos acercándose a la puerta. Y se abrió.
-__(Tn)__, ¿cómo estás? –preguntó Selena al verme.
-Si te digo que bien, te miento. –dije, entrando detrás de Selena al dormitorio.
-Pero… ¿es tan grave? –quiso saber mi amiga.
-¿La verdad? Para mí si es grave. –comenté, con los ojos colmados de lágrimas.
-Calma __(Tn)__… Yo estoy contigo, no hay de qué preocuparse. –susurró Selena en mi oído, a punto de llorar.
-No quiero que nos separemos, no quiero. –conté apenada, con la voz quebrada; viendo como se acercaba el odiado destino.
-No llores, quiero que me cuentes lo que pasó. Sólo así te voy a poder ayudar. –dijo Selena, en tono preocupado.
-Le conté lo sucedido esa mañana. 
Mi amiga no tardó mucho en entender cómo me sentía, ya que al terminar de escuchar la noticia, estaba igual o peor que yo.
Estuvo la tarde completa tratando de consolarme. Y cuando quise acordar, me di cuenta de que ya estaba oscureciendo. En pocas horas me iría. Debía hacer algo, y urgente. 
Selena rápidamente acudió a su teléfono. Llamó a Jeremy y a Peter. Les informó lo ocurrido, y estos al enterarse, llegaron deprisa a la casa de Selena, donde aún me encontraba.
La última hora que compartiría junto a mis amigos. Debía aprovecharla. 
# ¿Pero cómo? Era imposible. Si sabía perfectamente que no los volvería a ver durante mucho tiempo, que tal vez nunca más los volvería a ver#.
Ellos, mis amigos, hicieron lo posible para hacerme sentir bien; aunque ellos no lo estuvieran. Trataron de disfrutar, aunque no se pudiese.
Al cabo de un rato, cuando ya se perdía el sentido de la conversación, decidieron hacer lo que debían. Me acompañaron a mi casa, donde me esperaba Eleonor, con el equipaje listo.
Al acercarme a mi madre, peor sentía que era mi ánimo. Lo que me destruía en el interior era saber y comprender la realidad. Esa era la razón que me tenía mal, saber que mi destino ya estaba escrito, que no había marcha atrás.
Silenciosa como nunca tomé las maletas, incrédula aún de lo que estaba ocurriendo. Las acerqué al automóvil, y las cargué. Eleonor me miró, su rostro demostraba tristeza y arrepentimiento; pero aún así no se retractó. Pensé que tal vez podría tener una mejor vida que la que tenía con ella.
No era comprensible tener que dejar atrás mi vida de un día para otro. Nunca había imaginado que me pasaría eso. Pero estaba sucediendo en ese preciso instante.
Eleonor se acercó discretamente hacia donde estaban mis amigos, se encaminaba con paso indeciso en dirección a ellos. Debía hacer algo por mí, por su hija, por su ‘única’ hija.
-Chicos, ¿les gustaría acompañar a __(Tn)__ hasta el aeropuerto? –preguntó Eleonor, tratando de sonreír.
-Sí, si. Unos minutos más para estar con ella. –dijo Selena, emocionada, pero con los ojos brillantes de lágrimas. Mientras que los chicos solo atinaron a asentir con su cabeza.
-Bueno, suban al vehículo. –dijo mi madre, y todos obedecieron.
El viaje hasta el aeropuerto no era largo que digamos, sólo duraba unos quince minutos, pero fueron los minutos que más “aprovechamos”. En el trayecto, fuimos recordando viejas anécdotas. Historias que jamás volverían a ocurrirme, pero perfectas para una buena despedida.
Tras unos minutos de viaje, llegamos al destino. Bajamos del auto, ni uno lo podía creer todavía. Sabía que no era imaginado, pero no lo quería aceptar. Era la realidad más difícil de admitir; por lo menos lo era para mí.
Luego de esperar, llegó el momento. 
Me despedí triste como nunca de mis tres únicos amigos, y de mi madre. Fue duro. No lo quise reconocer, pero era lo peor que me había pasado desde la separación de mis padres. 
Con pasos débiles caminé, caminé a mi destino. Un avión, con muchos pasajeros, que sólo me dirigían a un destino; mi padre.